sábado, 6 de diciembre de 2008

El guerrero y la encina...

El guerrero y la encina…

Llamaste a mi puerta sin saber si ahí vivía y preguntaste por un nombre hueco, sin saber que yo lo llenaba. Tú eres un guerrero arrebatado y hosco -aunque con corazón tierno, sin embargo esto, nadie debe saberlo- que tocó a la puerta, no con deseos de entrar sino de ser recibido en el umbral.

Me asomé a ver quién era el que tocaba y te vi con la llave en la mano, con aires de suficiencia –aunque con ojos humildes; de todas formas, esto no debe saberse- y tu mirada de cachorro de león arrancó mis raíces de encina. Me convertiste en nómada sin advertirlo, sin razonarlo. Me disparó como metralleta el peor de mis miedos, me bombardeaste con preguntas sin respuesta, que surcan el aire como gorgoteos marinos, como balbuceos de niños; pero que hacen daño –aunque esto no debe notarse, ¿a quién le gusta tratar con cobardes?-

Supusiste que malherida y desarraigada, entonces me quedaría a tu lado, quizá en ningún momento esperaste que me fuera por otra senda. Total, ¿qué es lo que hacen los cobardes? –huir, aunque de esto nunca deba hablarse-

¿Quién ha dicho que las encinas sin raíces y los guerreros hoscos puedan llegar a tener algo? –por cierto, esa es otra pregunta sin respuesta-. Venías del sur y yo – ya sin raíces- me dirigía hacia allá. No hay posibilidad de encuentro. De vez en cuando la vida, no solamente nos da la posibilidad de coincidir, sino también de desencontrarnos, de disparar en corazones ajenos, de desenterrar raíces, es en ese momento cuando tenemos la certeza de estar solos, solamente de ver a lo lejos un oasis y acercarnos hacia él. Viste mi follaje y te acercaste con la esperanza de que hubiera cerca agua y beber, y que mis ramas te acunaran y refrescaran en tu fiebre, pero no advertiste que, a medida que te acercabas, mis raíces se disolvieron en la tierra que me dio vida y tomé camino hacia el sur.