Dijo frente a los demás. Ellos se quedaron con los ojos como platos y reprimieron la risa; yo no hice caso y sin darle importancia le dije que no podía.
Se oyó una voz en el fondo que insistió con tono socarrón: Hazle un oral, para que se vaya contento.
Comenzaba a sulfurarme por tanta insistencia: si ya dije que no lo haría, ¿por qué tanta lata?, no se puede ahora, no es conveniente, además, el tiempo para eso ya pasó.
Mi tono comenzaba a pasar de la amabilidad a la exasperación, de manera que volví a sentarme junto a él y me incliné sobre el escritorio.
Risas y más risas.
- Ahora sí ya me estoy cansando- repliqué elevando el tono de la voz.
Risas.
Silencio.
Mis ojos dieron un recorrido por todos los ojos, por cada uno de los rostros; finalmente, las palabras y la entonación me dieron acceso a lo que todos estaban pensando.
Risas... esta vez mías.
No, Edgar, esta vez no te haré un EXAMEN oral.
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