sábado, 2 de enero de 2010

Libros...

Reconcentrada por la calle, he caminado tantas veces, dando vuelta a esa esquina amada, que parece que los árboles ya me conocen, las piedras de ese muro me sonríen (aunque todos pensemos que las rocas siempre tienen ceño adusto, incapaz de ofrecer una mueca simpática); escucho música portátil, no tan linda como la que llevo por dentro, pero viene conmigo, se funde con mi propio cantar interno, y eso lo disfruto, como preludio de lo que estoy por vivir.

Subo las escaleras, como un rito de iniciación antes de la puerta que estoy a punto de atravesar; dejo mi equipaje de calle en la caja de metal y para ese entonces ya me encuentro feliz, puedo ver hermosos colores, que solamente son la presentación de esas palabras.

Estoy en una librería, con mis ojos recorro anhelante todo lo que hay a mi alrededor; los veo grandes, de lujo, de bolsillo, españoles, argentinos, colombianos, chilenos, populares, reservados, herméticos, encriptados, para miradas expertas, accesibles a todos...

Qué delicia, no sé a dónde dirigir mi mirada para comenzar a ver ese manjar en el que me he zambullido. Lo mejor de todo es que no solamente el tesoro se encuentra en lo que veo, la portada es como una piel que acaricio, que dócilmente se está quieta y disfruta que la toque, es como un gatito, o mejor, como el hombre amado que no se cansa de ser tomado con cariño, y más que con cariño, con deseo.

Puedo abrir todos los que quiera, ninguno se pone celoso, todos son felices por haber sido recompensados con esas caricias; con mis ojos devoro todas las palabritas que puedo y llega un momento en el que me mareo, todos desean mis ojos, pero yo sólo puedo llevar a uno, si acaso a dos; aunque musito en el centro de sus hojas que desearía llevarlos a todos y hacerlos míos; en las largas noches de insomnio, en los momentos en los que solamente su piel y sus palabras me consuelan; en el ajetreo de la vida diaria, cuando el mundo se vuelve loco a mi alrededor y sus letras amadas puede sacarme de la vorágine y hacerme perder el sentido de lo que me rodea.

En esta ocasión sólo puedo llevar a uno, un colombiano es el afortunado en esta ocasión, Gabriel García Márquez, lo miro largo rato y con mis ojos le comunico; te necesito, pero en esta ocasión deseo más a Germán Dehesa; por lo que no me pude resistir y regresé por él.

Hay palabras por todas partes, incluso flotando en el aire, una canción suena lánguida a lo lejos; benditas palabras que me apresan y me liberan; benditas palabras que me construyen y me destruyen. Gracias palabras por esperarme pacientes en sus cajitas.

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